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Aprendiendo de morado. Escrito 3.

En un castillo muy extraño suceden cuestiones todavía más insospechadas. Se trata de una zona prácticamente desierta, el menos eso es lo que parece desde la perspectiva de los habitantes de este recinto.

Los árboles aquí son más pequeños que el pasto para una persona, es decir, sumamente minúsculos. Los habitantes son tan colosales que fácilmente pueden contener un país entero dentro de su domicilio.

Hablando de los pobladores de este estupendo edificio, no todos tienen formas humanas, hay criaturas tan extrañas como la mantarraya que puede planear libremente por el aire y recorrer los diversos reinos de los alrededores. Su tamaño es tan inmenso que al cruzar surcando los vientos, oscurece todo la ciudad por momentos.

Esa extraña fortificación es la residencia de aquellos perdidos que, por su tamaño, no pueden hallar refugio en los miserables pueblos que encuentran. Lo único capaz de contener a una bestia o criatura tan enorme y de ser un alojamiento aceptable, es el edificio creado especialmente para ellos.

Aquí habitan todo tipo de seres, tienen sus recamaras especiales para descansar el tiempo que consideren necesario. Algunos se quedan permanentemente, mientras que otros siguen vagando por el mundo en busca de más entes similares a ellos.

Uno en especial, que tiene poco tiempo en relación con los demás que llevan eones en la misma situación, se ha establecido en el portal de la vivienda, por las noches duerme a la intemperie colgado de una hamaca. Siempre a la expectativa de nuevos visitantes y de aquellos que en la oscuridad regresan a su alojamiento.

Los que ingresan después de la caída del sol, lo suelen ver por entre las columnas, vigilando el exterior, con los ojos cerrados, pero con la conciencia activa a todo lo que se avecina. Algunos de los inquilinos reptan tranquilos hasta sus recamaras, sin tener que cruzar el umbral, sabiendo que son bienvenidos y que son contemplados por aquel que todo lo vigila desde la entrada. Otros que son nuevos, lo contemplan largo rato hasta que se alejan tranquilamente, entendiendo que no son aceptados y no hay nada que puedan hacer para interrumpir la paz que se encuentra en el ambiente, comprendiendo que no son rival para el portero del castillo.

Hasta que una noche, un ser de otra dimensión, con un cuerpo incomprendido para todos los habitantes, llegó. Fue una total sorpresa, el único que lo pudo distinguir fue el vigilante nocturno, la conciencia de él le permite ver a aquellos aunque no posean una figura material. No hubo nada que hacer, no había forma de impedir su entrada, así que la única opción fue interactuar con él, o con eso mejor dicho. Un hecho totalmente extraño en toda regla, pues los seres son muy ariscos y evitan socializar, casi no hay conversaciones dentro del castillo, los habitantes evitan las platicas al ser tan aislados. 

En el azotea fue su encuentro, para evitar disrumpir la tranquilidad de los demás. Esta nueva criatura no tuvo ningún problema para llegar a su encuentro, su aura abarcaba todo el castillo, solo fue necesario reflectar cierta luz para crear una apariencia física similar a la de su anfitrión. Ahí se saludaron y comenzó una nueva época para todas las criaturas, una unión entre especies jamás antes vista, por un momento, todos fueron morado.

Posdata: en la imagen el ente es de color rojo, en ese momento no encontré el color morado.



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