Esta es la historia de un boxeador trasladándose, de Europa a América, por motivos laborales. Debido a las circunstancias, tendría que ser en un navío por altamar y no por otro medio de transporte. Él lo consideraba una especie de viaje de vacaciones, en cierto sentido lo era.
Se
pasaba los días en pantaloncillos cortos y camisas simples para aliviarse del
calor del trayecto. Caminaba entre los pasillos, visitaba otros camarotes y se
divertía sin remordimientos. Lo que más disfrutaba era ver el mar, sentado en
una mecedora al estribor del barco. De vez en cuando dormitaba, probaba su
bebida helada con sabor a fresa y divisaba la constante naturaleza azul que
parecía no tener fin, con alguna que otra gaviota sobrevolando el horizonte.
Tiempos
perezosos, pues necesitaba relajarse y tranquilizarse, pronto entraría en una
etapa muy fuerte de su carrera y era indispensable que llegara con la mejor
actitud. Se encontraba un premio mayor a su alcance. Parte de la estrategia de
su equipo de trabajo era pasar unos días despejando su mente.
A veces
se encontraba pensando en el futuro, con las peleas que estaban por venir y en
aquel país extraño al que llegaría. Esto le ocurría sobre todo en las mañanas,
después de desayunar. Ensoñando la recompensa, la forma en que lo conseguiría,
los procesos que tenía que seguir y las debilidades de sus contrincantes.
Inmediatamente se avivaba a sí mismo para no seguir en esos ciclos mentales. Le
habían indicado que tenía que calmarse, por cuestiones de salud y otras circunstancias
con las que no estaba de acuerdo.
Conforme
pasaba el tiempo, se iba relajando, cada vez se enfrascaba menos en su interior
y disfrutaba más del mismo paisaje que parecía nunca terminar.
Había
empezado a jugar dómino con otros pasajeros, ahora ese era uno de sus
pasatiempos favoritos. Era algo extraño ver a un sujeto tan fornido, en fachas
veraniegas y playeras, jugando con sexagenarios o gente incluso mayor.
Lo demás
del barco había pasado a segundo plano. Recorría ya siempre los mismos lugares,
toda una rutina a la que se había adaptado rápidamente. Vagando entre el
restaurante, alberca, mecedora, zona común, pistas de baile y bar.
En una
ocasión algo salió de su normalidad, había militares, al principio estaban escoltando
la entrada de un camarote. No le agradaban esos sujetos, le daban mala
impresión y sentía que se acercaban los problemas. Cada vez fueron más
recurrentes, los encontraba en el restaurante comiendo o en los corredores,
pero siempre fuera de aquella habitación, como protegiendo algo. Se preguntaba
de donde habían salido, estaba claro que el barco era sumamente inmenso y no lo
tenía recorrido en su totalidad, tal vez siempre estuvieron a bordo y no habían
escapado de su escondite hasta la mitad del viaje. La cuestión ahora sería,
¿por qué? Seguro venían inconvenientes.
Comenzó
a aislarse, la milicia interfería mucho en su rutina. Ya no estaba permitida la
entrada al bar y habían clausurado la alberca. Su mecedora tan querida, ahora
estaba rodeada de esos personajes y no se sentía cómodo ahí acostado, en medio
de todos esos que solo traen disturbios.
De lo
poco que aun podía disfrutar, era de la sala de juegos, donde solía pasar
tiempo con sus amigos los ancianos. En una partida de dómino salió el tema de
los militares.
—Creo
que estamos en problemas —dijo uno de los mayores.
—Escuché
que están cuidando el barco —replicó otro vetusto.
—¿De
qué? —inquirió el boxeador.
—Hay
algo que no está bien y necesitan protegerlo.
—Esas
son supersticiones, no son más que conspiraciones absurdas —exclamó molesto uno
de los ancianos.
—A mí se
me hace que estamos en peligro.
—No
digas tonterías, están de rutina.
—¿De
rutina? Si no habían salido en más de un mes, eso no es rutina —el boxeador
estaba exaltado.
—Es
cierto muchacho, hay algo extraño.
—Ya me
tienen harto, si me topo a uno de frente, juro que lo lanzó al mar, aunque me
acribillen en el acto —los demás rieron del viejo gruñón.
—Seguro,
ya te queremos ver forcejeando con uno de esos. El único que podría es nuestro
amigo el boxeador, ¿no es así?
—Aunque
pudiera, ¿para qué lo haría?, ¿qué ganaría con eso? —replicó el deportista.
—Tranquilidad,
a mí me ponen muy nervioso.
—Juro
que escuché ruidos en uno de los camarotes.
—Pues yo
oí que estaban arreglando la sala de máquinas.
—¿Creen
que haya una falla en el motor?
—Si
hubiera una falla en el motor, ¿por qué estarían los militares implicados?
—Tal vez
un engranaje se llenó de droga y andan viendo quién la traía —más risas por las
ocurrencias sin sentido de los ancianos.
—Sí
claro, también lo meterán a prisión por no compartir —se la pasaban de lo más
divertidos.
—Eso es
un pecado, con estos dolores, ya me gustaría un remedio de ese estilo.
—Venga,
vamos a seguir el juego, que si no me moriré de viejo.
—Si es
que antes no te llevan los militares.
—¡Que te
lleven a ti!, bien, ¿quién va?, un tres o un seis, vamos señores, que nos
estamos haciendo viejos —rieron calmadamente.
Durante
la cena, podía haber jurado que eran más los militares que los turistas o demás
pasajeros ordinarios. Los civiles ya eran minoría. Se sentía muy incómodo, de
alguna manera, las personas se habían dividido en dos bandos, uno compuesto por
el ejército y otro de gente normal. Todos se veían cohibidos con lo que
sucedía. Cuando se levantó para dirigirse a su habitación, fue interceptado por
un par de ellos.
—Buenas
noches, ¿es usted boxeador?
—Sí, ¿qué
quieren? —respondió bruscamente.
—Necesitamos
de sus servicios.
—No
puedo, estoy fuera de servicio.
—Esto va
más allá de su trabajo, solicitamos su apoyo.
—Aunque
quisiera, no puedo, mis agentes me lo prohibieron —seguía en su negativa, con
un tono molesto.
—Entendemos,
pero tenemos autoridad para que usted pueda ejercer, en estos momentos, para
una función mayor.
—¿De qué
se trata?, ¿por qué yo?
—Usted
es boxeador, tiene más fuerza que muchos de nosotros.
—¿Y
luego? —no encontraba lógica en su argumento.
—Le
pedimos que se tranquilice señor.
—Pues
bien, ¿qué quieren? —seguía respondiendo agresivamente, muy a la defensiva.
—Solicitamos
que se una al ejército momentáneamente.
—¡¿Qué?!
—Es una
orden.
—¡No! ¡Están
locos! —quiso decir que no podía ser una obligación cuando en realidad era una
petición.
—Le
daremos un tiempo para que reflexione, en cuanto lo acepte, le daremos más
detalles.
—No voy
a aceptar —dijo secamente.
—Esto va
más allá de usted. En este momento ya no es un civil.
—No
pueden pasar sobre mis derechos.
—Lo
escoltaremos a su camarote, estará bajo vigilancia y se le preparará para su
nueva labor.
—¿Por
qué yo? —estaba muy irritado.
—Ya se
lo dijimos, usted es boxeador. Ahora acompáñenos, por favor.
No le
quedó más remedio que acatar sus órdenes. Mientras se dirigían a su camarote,
iba con la cabeza gacha, pensando en la mala suerte que había tenido. Se
suponía que sería un viaje de placer y ahora era parte del ejército, algo que
le parecía injusto, pues estaba en contra de su voluntad.
—Bien,
díganme, ¿qué tengo que hacer? —dijo sin ánimos el boxeador.
—Vestirse
como militar.
—¿Y
después?
—¿Acepta
ser parte de la milicia en este trayecto?
—No me
queda de otra —trató de negarlo solamente, pero completó la frase con una
afirmación sin razonarlo.
—Le
contaremos. Estamos en peligro, el barco surca una zona muy peligrosa ahora.
Algo fuera de lo común. Mientras estaban en trayecto, se desataron los inicios
de una guerra, una especie de comienzo bélico no oficial del todo. Nos
encontramos bajo la amenaza de ser hundidos por equivocación, vernos como un
navío de turistas nos pone en peligro, por lo que requerimos que los presentes
sean militares y, ya que usted cuenta con un físico extraordinario, permanecerá
en cubierta con nosotros. Nos servirá en algunas mecánicas que requieran una
fuerza extrema, la cual posee, también nos ayudará a calificar los ejercicios
con los nuestros, para mantenernos firmes y listos para una posible invasión, aunque
las probabilidades sean muy bajas. Estamos para servir, hay muchas vidas en
juego y nos tomamos nuestro trabajo muy en serio. Todos contamos, incluyendo
usted.
—¿Cómo?,
¿en qué momento ocurrió esto? —no podía creerlo.
—Fue un
acontecimiento totalmente inesperado que se puede solucionar en unas semanas,
pero desafortunadamente ustedes corren un mínimo peligro en estos momentos.
—Ustedes
no venían con nosotros, ¿verdad?
—No, los
alcanzamos lo antes posible. Son la única embarcación que corre un riesgo.
Estamos preparados para lo peor y, por lo mismo, le solicitamos férreamente que
haga a un lado su descanso y nos apoye en estos momentos.
—De
acuerdo, supongo que aquí se acaban mis vacaciones —dijo tristemente.
—Será
recompensado por sus labores en el futuro. Créanos que hemos hecho lo posible
para evitar perjudicar a los civiles, pero esto nos rebasa en cuanto a
unidades.
—Entiendo
—fue lo último que dijo antes de que el militar se fuera.
A la
mañana siguiente se encontraba sentado en su pequeña silla con una mesa de
madera frente a él, vistiendo los pantaloncillos y la camisa playera que le
apretaba por la musculatura. Tenía la puerta abierta, la luz del reciente sol
se colaba por su habitación, haciendo destellar su pequeña mancha dorada del cabello,
por alguna razón, siempre había contado con esa singularidad, una apariencia
única que lo había caracterizado. Tal vez por eso lo reconocieron los militares.
Todavía
se debatía de si debía seguir su trayecto con relativa normalidad o servirle a
los del ejército. Se habían perdido los días tranquilos de antes, no podía
seguir jugando dómino. Pensó en los ancianos, ellos tal vez desconocían lo que
sucedía.
Él
todavía era joven y contaba con una excelente salud y fortaleza, probablemente
lo mejor sería apoyar a los militares, a pesar de sus futuras peleas y las
exigencias de sus entrenadores.
Hubiera
preferido tomar un avión. Capaz que los terroristas lo derribaban, suponiendo
que ese fuera el grupo armado que causaba el problema.
Meditó
un rato más. Seguía en sandalias a pesar de que comenzaba a retirarse el viento
helado, sentía la brisa entrar por la puerta y colarse entre los dedos de sus
pies descalzos.
Ahí
afuera estaban los militares que lo esperaban.
Se recargó en su silla, con toda la espalda firme. Se empujó un poco para atrás, como esos niños que juegan a mecer su asiento para ver hasta donde pueden llegar antes de caer. Después de balancearse un momento, recobró su postura, estiró los brazos serranos y se preparó para cumplir su misión con los demás.
Comentarios
Publicar un comentario