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Extraordinaria receta de cocina.

La creatividad y el orden, dos conceptos que pueden ser contrarios, pero que dan la receta perfecta.

               Inspiración que parece no tener sentido, demasiado flexible que se sale de lo ordinario, cuando mayor es, peor se encuentra la distorsión de la realidad; en cambio, lo coherente, aquello rígido, se mantiene indistinto de los hechos, funcionando como una columna que da soporte a los demás aspectos. Los polos que se necesitan, mezclados, sabiéndolos utilizar a su debido tiempo, moldeando lo frígido para que sea práctico, respetando el espacio, así la figura no se perturba ni se quiebra.

               Anteriormente se pudo leer como una lista a cumplir, con objetos movibles que se usan de referencia para crear toda una ocasión a sus alrededores, dejando “todo en orden”, forjando una historia con los elementos contados.

               También se puede percibir como una receta de cocina, la cual no debe de estar peleada con la creatividad o la inspiración. Hablamos de un plato único, realizado con la imaginación, especial para la ocasión, no solamente una serie de actos que llevan a un resultado determinado. Ahí carece de originalidad, perdiendo mucha de su esencia, permitiendo únicamente su objetivo más simple, dejando de lado un final que se puede saborear más, hacer de un momento ordinario, algo increíble.

               Hablando de extravagancias, ¿por qué no escribir de una receta para preparar café al aire libre? Así es, esa bebida que nos quita el sueño y tiene un sabor único, reclamada por muchas personas como algo necesario en las mañanas. Una excusa para reunirse, un sin recelo para pasar el tiempo y disfrutar de la vida, de un descanso mientras se percibe la energía.

               Juntemos los dos factores: el orden y la creatividad.

               Necesitaremos café, ya sea molido, en grano o como lo prefieran. En este caso, usaremos uno soluble, ¿por qué no? Requerimos algo con lo que calentarlo, también se puede frío, aunque, para una noche con neblina, gélida y solitaria, es un romanticismo tomarlo mientras sale vapor. Usaremos una olla, un encendedor y algo que tengamos en nuestro ambiente para poder aumentar la temperatura, dependiendo del lugar en el que estemos. Obviamente requeriremos agua, puede ser otro líquido, pero el sabor se perdería y se mezclaría para crear una obra que tal vez no sea lo mejor, aquí recomendamos seguir el orden y no la creatividad. Casi lo olvidamos, también es indispensable algo con lo que beber, como una taza. Opcionalmente se puede endulzar o mezclar con crema u otros saborizantes, eso dependerá de los gustos.

               Empecemos. Primero buscaremos provisiones para comenzar el proceso, pues no contamos con una estufa u otro sitio donde calentar, así que… manos a la obra.

               Salimos a los aledaños, a pesar del frío y la niebla clandestina, nos haremos de unos buenos maderos para encender una hoguera. Conseguimos algunas rocas, hojas secas y mucha paciencia en nuestro trayecto.

               Usando la imaginación, acomodamos varias ramas en la superficie, alrededor estará un conjunto de piedras para evitar que el fuego se esparza. Hablando las llamas, necesitamos algo con lo que iniciarlo, las hojarascas escondidas de la humedad del ambiente son primordiales para el encendedor.

               Fungiendo como ingeniero, en el termino puro del significado, ideamos una manera de resolver un problema físico con la práctica. Acoplamos algunos maderos de una modo firme y estable, aunque nos lleve mucho tiempo. Recomendamos que sean troncos muy gruesos, si se puede con bordes rectos, también se pueden mojar para evitar que se prendan en llamas. Nos servirán de soporte para darle una cierta altura a la olla, así no estará al ras del fuego y permitirá que este siga vivo.

               Una vez que verifiquemos que nuestro espacio es funcional y no hay accidentes. Le ponemos el recipiente con agua que calentaremos y comprobamos que no se derrame o se caiga de nuestro pequeño estante provisional.

               Ya tenemos nuestra estufa artesanal. Antes de iniciar el procedimiento, falta el lugar donde disfrutaremos de la velada, aunque no sea tan importante, es algo para tener en cuenta y aumentar aquella sensación. Usando grandes rocas, las colocamos a una distancia segura de la hoguera, nos sentamos y acomodamos a nuestro gusto. Ahora sí, a comenzar la función.

               Primero el fuego. Tenemos el encendedor, unas hojas secas y varias ramas pequeñas acomodadas en forma piramidal, con un fondo de maderos más gruesos. Puede tardar su tiempo, especialmente si el ambiente es frío y húmedo. Recomendamos estar avivando la hoguera con pequeñas ramas secas, estas funcionarán para que la llama se esparza. La intención es que se proteja la chispa en la base, que son aquellos troncos que sirven para mantener la vitalidad del calor.

               Después de un tiempo, le habremos dado sentido al ardor, ahora estará listo para que preparemos el café. Lo vertemos en la olla, a gusto de cada uno, y le dejamos un tiempo. Ya que nosotros estamos en un sitio muy frío, permitimos que hierva y lo servimos en una taza, ¿cómo?, pues metiendo el recipiente con cuidado en la olla, no se requiere un cucharón o algo con lo que verter, estamos siendo creativos y precavidos para no quemarnos.

               Dejamos que el fuego continúe motivando la noche y nos sentamos a beber el café. Habremos creado todo un evento que converge en un breve instante, que es algo sublime y se consume mucho más rápido que todo lo que nos costó realizarlo.

               El final no es el objetivo, sino, parte del resultado deseado. Seguir todos los pasos, llevar un orden y poder ser flexible, verificando y agregando detalles imaginativos que no fueron contemplados. Todo eso hace de nuestra velada, algo espectacular.

               Sentados con una buena cobija, algo extra que se puede considerar para cubrirse del frío, en una noche helada, oscura y llena de neblina. Mientras tanto observamos las vivas llamas que hemos creado. Solo queda relajarnos y dejar que todo el trabajo nos devuelva su fruto, que es el ambiente y una ocasión especial y mágica.

               Simplemente siguiendo una serie de pasos, como si fuera una extraordinaria receta de cocina que incluye más que alimentos y bebidas, pues contiene la esencia del lugar: el tiempo, las vivencias, una anécdota que contar y una maravillosa ocasión para estar.

               De fondo tenemos la hoguera con el café gorgoteando y una noche silenciosa llena de neblina que simula a los fantasmas del pueblo acompañándonos en aquel sitio solitario e inhóspito, festejando nuestro esfuerzo y brindando con nosotros una bebida artesanal producto de nuestra hazaña, que nos revitaliza, calienta, llena de gozo y aviva la chispa de nuestro ser.







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