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Neblina.

Era un sitio fascinante, la magia que desprendía el simple hecho de observarlo era algo inefable.

               Un río a gran profundidad, visto desde un lugar alto en uno de los acantilados. Se curvea a la derecha para perderse en la inmensidad, formando una especie de cañada que divide dos cerros o montes, en los bordes se escucha el correr del agua, frenética e irreversible, con un cause aparentemente inalterable.

               A lo largo se observa el paisaje descendiendo, imperturbable y distante. Lejano de alcance, pero visible para ser apreciado en toda su magnificencia.

               Los extremos escarpados por la sinuosidad del río son muy similares entre ellos, como si hubieran hecho una hendidura, dividiendo perfectamente dos aspectos iguales. Dejando un foso que lleva corriente a gran velocidad.

               La vegetación reina en todo, siempre verde, serpeando con el aire y la brisa húmeda despedida por la energética carrera caudal. Parece bailar al ritmo de la naturaleza, inquebrantable. Un tipo de tiempo detenido, en constante bucle interminable.

               El único cambio se muestra en el cielo, donde el espacio aéreo domina, oscureciendo y formando pequeños abultamientos apenas perceptibles y fugaces, se encuentran en un breve espacio y desaparecen al aclarar, para luego regresar a dominar nuevamente en la vida nocturna, paseando sobre el nicho tortuoso. Como si fuera el vigilante de la cotidianidad, una clase de cuidador de la calma rugiente del río y de las danzas secretas de la vegetación, que nunca para de moverse y alterarse con los mínimos efectos que escapan de nuestra percepción.

               Es una variedad de nubes que sucumbe a la tentación y se arremolina en la superficie estrepitosa para ondear hacía arriba, reproduciéndose y engullendo los bordes superiores. Cuando ha terminado todo este ritual, se desprende y se desmorona, volviendo a la lejanía de la vista o perdiéndose en el espacio, ya sea que se convierta en nubosidad o en un recuerdo fugaz.

               Nuevamente invocado por los canticos agresivos y sonoros del agua, golpeando incesantemente contra la tierra y las rocas, pidiendo su apoyo en la oscuridad, como si temieran un desequilibrio impermutable que lleva años igual.

               La neblina, llegando al llamado, comienza a ocupar esta vía aérea. Desde la superficie acuosa hasta lo más alto que pueda, ocultando la pendiente pronunciada del barranco, impidiendo la visión del paisaje distante. Dejando al descubierto únicamente el rugir de un ciclo sin final, ocultado a las miradas indiscretas en una noche sin estrellas.





Comentarios

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