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Osrtrich en tres etapas.

Era algo muy raro, como esos actos de teatro que se dividen en un trío de episodios. Así es como le sucedieron los eventos, de los cuales, ninguno tenía coherencia. Hasta que se veían en un orden, de inicio a fin, solo de esa manera y agrupados, todo cobraba sentido.

               Recorriendo el camino, veía por la ventana del auto. Las nubes estaban bajas, el fondo era un prado verde y sin árboles, mero campo abierto que permitía la unión del cielo con la vegetación. El azul y el blanco se fundían en el horizonte, chocando con el piso, como si no supieran en donde terminaba y lo atravesaran sin intención, cavando su camino más allá de la vista.

               Se quedó dormido.

               Despertó cuando llegaban a su destino. Después de tanto viaje, por fin podía ir a su hogar. Se bajó después de que metieran el auto a la chochera.

               Se asomó por la ventana de su casa, podía ver el reflejo del sol que volcaba en los cristales del vecino de enfrente. Las nubes espejeadas tomaban una forma esponjosa, como si fueran un algodón de azúcar blanquecino.

               Se sentaron a cenar para después ir a descansar. Ya no había sol, estaba a oscuras.

               Cuando subió las escaleras vio una ilustración de su infancia, aquella que le había tomado su papá. En el centro se encontraba él con cara de miedo, a su lado, lo abrazaba su mamá. Atrás de ellos, después de una reja, tres avestruces formados como si fueran a marchar, tenían mejor pose que las dos personas, todos unos favorecidos. Si quitaban del retrato a los familiares, bien podría ser una foto de zoológico apropiada. Por alguna razón, esas tres grandes aves eran muy comportadas, no se movían, hasta parecían disecadas, pero no era así. Recordaba que le daban mucho pavor y que le pedían comida, tal vez por eso se encontraban quietas y arrogantes detrás de ellos, pero firmes y con el cuello alto, como si estuvieran orgullosas de su naturaleza. Dejó de ver el cuadro y se dirigió a su habitación.

               Justo antes de dormir se dio cuenta de las características del día, era casi imposible percatarse de los detalles, pero el destino lo había hecho de tal modo que esas memorias le llegaron en ese momento. Si no hubiera sido por las nubes del trayecto, no habría notado el reflejo en el cristal del vecino y no se habría detenido a observar su viejo cuadro de la infancia.

               Ahora lo entendía, era un episodio de tres etapas. Difícil de percibir e imposible de comprender por completo, pero que sucumbían a una serie de emociones de alegría y nostalgia en su interior.

               Se fue a soñar con una sonrisa en la cara. Alegre del Ostrich en tres etapas, así era como le había llamado a aquella imaginación del tercio de avestruces que lo iban siguiendo a lo largo del trayecto, cuidándolo a manera de un ángel guardián. Por alguna razón, tenía que ser esa ave, mantener una relación con lo triple y presentarse en los momentos oportunos.

               Oh, cosas del destino, se quedó dormido.





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