Un sitio de lo más inhóspito, incrustado en la jungla y muy cercano al océano. Ahí la gente iba a relajarse, algo estupendo para alejarse de la civilización y convivir con la naturaleza. Contaba con muchísimos atractivos diversos, desde juegos tradicionales familiares hasta una mesa de billar, pero no solo eso, también había unos comedores largos para merendar en un momento social y emotivo. Sin duda alguna, uno de los mejores lugares mágicos, rodeados de una biosfera verde y húmeda.
Fue acompañando a su hermana y la
pareja de ella, en un evento especial con la familia política. No conocía mucha
gente así que se divertía caminando entre la vegetación, observando los
riachuelos o disfrutando del horizonte lejano con los brillos del sol
resplandeciendo sobre el mar. Los parientes de su cuñado habían elegido un muy
buen sitio para aquel festejo, agradecía mucho que lo hubieran invitado, a
pesar de que casi no socializaba con nadie.
Una noche rondaba cerca de la mesa
de billar, su pariente se la había recomendado. No tenía nada que hacer, pues
ya había pasado la cena y la celebración, solo que no quería irse a dormir
todavía. Tomó un taco para jugar solo, acomodó las bolas y se preparó para
hacer el primer golpe cuando vio que palo ajeno flotaba en el otro extremo.
Había bebido en el evento y también
consumido mucha comida, sin contar que tenía demasiado sueño, pero no se sentía
tan mal como para alucinar de esa manera.
Se detuvo antes de encestar el golpe
en la bola blanca, comenzó a observar una neblina que se condensaba alrededor
del palo que bailaba en una esquina. Parecía que alguien lo estaba cargando,
como si aquella nubosidad estuviera esperando su turno para jugar con él.
Seguro era su imaginación, hizo su
tiro y no entró ninguna bola, volteó para ver lo que hacía la mancha flotante
que ahora era levemente más nítida. El taco del contrincante se alzó y se
acomodó para encestar un golpe. ¡Era una maravilla! Un fuerte estallido empujó
una de las esferas que se perdió dentro de la buchaca, bien, su competidor
neblinoso tenía talento. Dejó que hiciera su segundo disparo, el celaje
blanquecino empezaba a opacar la vista del horizonte y, por ende, del mar
pacifico de la noche. Otro tiro, solo que está vez falló.
—Bien, es tu turno. —Sonó una voz.
—De acuerdo, voy con las chicas
—respondió sin saber a quién le hablaba.
Encestó su tiro y dejó la bola cerca
de la tronera, imposible de fallar para el siguiente turno, además de que la
probabilidad de que su rival gaseoso la metiera por error era alta.
—Buen tiro, siempre me ha
sorprendido tu habilidad.
—Gracias, también a mí. —Seguía sin
saber la identidad de aquel ser frugal.
Turno del rival, casi se podían ver
unos manchones blancos que parecían sostener el taco. Un golpe perfecto empujó
una de las bolas grandes directo a la tronera, le quedan todavía cinco por
meter antes de ir por la número ocho.
—También eres bueno. —Se animó a
decir el humano.
—Gracias, tengo mucha experiencia en
esta mesa.
—Es un sitio muy bonito.
—El mejor de todos, por eso sigo
aquí.
—Si fuera por mí, no me iría nunca
de la mesa.
—Te comprendo, yo he jugado una
cantidad tremenda de partidas, solo que no a muchos les gusta jugar conmigo.
—¿Por qué? —El rival falló su tiro,
le tocaba ahora a él.
—No muchos me aceptan.
—¿Porque eres muy bueno? —Se preparó
para tirar. No estaba seguro de la causa de su pregunta, era más razonable
cuestionarse los motivos de su plática con aquella neblina con contorno
antropomórfico y tenue.
—Algo hay de eso, aunque bajo mi
nivel de acuerdo con la persona con la que juego.
—¿En serio?, yo también hago eso. —Erró
su tiro, pero dejó la bola cerca de la buchaca.
—Lo sé, estás jugando normal, ¿no?
—Sí, eres muy hábil, me dejarías en
cero si bajara mi nivel.
—Algún día serás mejor. —Alzó su
taco, preparó su disparo y encestó la tercera bola al final de la bolsa.
—Si jugará todos los días en esta
mesa, tal vez alcanzaría tu nivel.
—Eso tenlo por seguro, yo juego casi
a diario aquí.
—¿Y por qué no te había visto? —Recordó
que llevaba ya dos días en aquel recinto y nunca lo había percibido, lo volteó
a ver, parecía que tenía una cara y unos brazos.
—Casi nadie me ve, soy muy bueno
para pasar desapercibido.
—Te entiendo, creo que estoy igual.
—Nos parecemos más de lo que crees.
—Falló en meter la cuarta bola que se quedó a la par de una del competidor, cualquiera
de los dos podría meter la del rival en un error.
—Solo que tú eres mejor y llevas más
tiempo jugando aquí.
—Si estuvieras aquí conmigo también
alcanzarías mi nivel.
—Me gustaría, pero me llevaría mucho
tiempo. —Inspeccionó la mesa, le quedaba más cómoda una bola alejada. Rodeó a
la masa nubosa que ya era más consistente y comenzaba a hacer sombra.
—Todo es posible, he jugado con
mucha gente que es muy buena, pero casi siempre soy yo el que gana.
—Es que eres muy hábil. —Acomodó el
taco y analizó su movimiento, hizo un golpe que salió desviado.
—Mala suerte, no te preocupes. —La
cosa neblinosa caminó alrededor de la mesa, solo que algo no cuadraba, no
estaba andando, sino flotando, no había contacto con el piso.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Te sorprenderías si te lo dijera.
—Anda dime. Yo tengo dos días, pero
no te había visto.
—Llevó varios años. Conozco a las
personas que han venido antes, como tu hermana y su novio.
—¿Los conoces?, no sabía.
—Sí, ella ha jugado conmigo. —Preparó
su golpe, otro acierto. Ya iban cuatro bolas a cero.
—¿Qué tal es ella? —preguntó para
hacer plática, pues ya había combatido contra su hermana con anterioridad.
—Es buena, tiene mucha suerte.
Siempre me es grato jugar con ella.
—No sabía que habían jugado en
varias ocasiones.
—Solo ha venido una vez, pero
jugamos un par de noches. Se parece a ti, en cierto sentido claro está.
—Sí, lo sé.
—Es frágil, no la descuides. —Un
nuevo golpe que metió la bola suya y la del rival.
—No, no lo haré. Por fin llevo una.
—Sonrió.
—Lo sé. Eres un buen hermano.
—¿Cómo lo sabes? —Veía que era cada
vez más claro aquel personaje, comenzaba a notar un rostro. Cuando este le
respondió, observó que la boca se movía.
—Me platicó de ti, solo que no lo recuerda.
Te quiere mucho, ¿sabes?
—Sí, siempre lo he sabido, aunque no
lo diga. —Cuando falló el golpe su rival, notó los dedos de la mano, ya no era
solo neblina, ahora estaba tan nítido como para distinguir detalles finos—.
¿Por qué dices que no lo recuerda?
—Creyó que era un sueño, se la pasó
muy alegre conmigo y platicamos como hace mucho no lo hacíamos, diría que fue
un punto de inflexión que necesitaba para mejorar su vida.
—¿Ya habían hablado antes? —Estaba
desconcertado.
—Así es, solo que teníamos
muchísimos años sin tener contacto.
—¿Cómo la conociste? —Lanzó su golpe
y acertó en la tronera, ya iban cinco a dos.
—Digamos que la conocí de nuevo
aquella noche que jugamos.
—¿Por eso me invitó? —Se le salió la
pregunta.
—Sí, para que me conocieras.
—¿O te volviera a conocer? —Sonrió y
comprobó que su rival también lo hacía. Del torso para arriba era una persona,
pero debajo parecía una especie de tela que flotaba con un viento inexistente
que venía del suelo. Él estaba completamente blanco.
—Sí, ¿verdad? —Ambos rieron con voz
baja.
Tuvo suerte, volvió a meter una
bola, dejando cómoda la posición para su siguiente objetivo. Se preparó, pudo
ver que su contrincante lo observaba. Hizo el disparo tratando de no errar ni
defraudad a la neblina flotadora. Acertó, ya casi estaban empatados.
—También eres bueno —dijo el ser
gaseoso y blanquecino. Todavía no era del todo nítido, a pesar de que se le
podía ver el cuerpo, los limites se continuaban notándose como un vapor leve
que se escapaba.
—Gracias. Ya casi vamos igual.
Preparó el siguiente tiro. Pensaba
en su hermana y de cómo habrá sido aquella situación en la que se encontró con
la neblina, se alegraba de que se la hubiera pasado muy bien y tuviera con
quien desahogarse, aunque no supiera contra que jugaba.
Su bola golpeó las orillas del
umbral para finalmente ceder a la gravedad y terminar en el fondo, ya iban
iguales.
—Ya agarraste confianza, tendré que
mejorar mis tiros.
—Es solo suerte, como mi hermana. Tú
eres mejor.
—También tengo mucha suerte.
Falló su tiro, pero le dejó muy
cómoda la bola al rival.
—Se te agradece el favor. —Rio el
ente que lanzó rápido su tiro y dejó en el fondo su esfera correspondiente,
otra vez estaba en ventaja.
—Ya solo te queda una.
—Y luego la negra.
Estaba nervioso, no le gustaba
perder. Aquel rival era muy bueno, su estilo de juego era muy parecido al suyo,
solo que más preciso.
Mientras el contrincante preparaba
su tiro, se puso a analizarlo, se veía mayor de cuarenta años, era lógico que
tuviera más experiencia que él en el billar, además del hecho de que llevaba
años jugando en la misma mesa.
—¿Trabajas aquí? —preguntó la
persona.
—Oh no, claro que no, pero aquí
resido.
—¿Dónde?, no he visto que acampes.
—No es necesario tener una casa de
campaña para pernoctar.
Le parecía algo lógico, pues ese
sujeto era neblina, tal vez se colapsaba en las noches para jugar billar en
solitario y a veces con algún que otro desconocido que no le tuviera miedo.
El rival metió la penúltima esfera,
faltaba únicamente la ocho. Hizo otro tiro, dejando la bola negra muy cerca de
la tronera. Un golpe más y se acababa la partida.
—Ya casi me ganas. —Lo volteó a ver,
había cambiado un poco su apariencia, como si fuera cobrando vida con cada bola
que incrustaba.
—Te quedan dos, puede que todavía me
remontes.
—Ojalá. —Preparó su tiro, una de sus
bolas la tenía fácil, pero la otra estaba casi a la mitad de la mesa.
Mientras observaba la dirección que
le daría, pudo ver que su contrincante movía los dedos en el borde de la mesa,
eran tan físicos, tan sólidos. Seguía siendo blanco como el resplandor de la
luna llena, tal vez cobraba fuerza con la iluminación del astro conforme pasada
la noche.
—¿Después de este, jugamos otro? —Se
animó a preguntarle al espectro.
—Claro que sí. Aquí estaré siempre,
no importa cuando vengas, mientras sea de noche, podrás estar en un partido
conmigo.
—De noche es el mejor momento para
estar en medio de la jungla jugando billar.
—Lo sé, pocas experiencias lo
superan y todavía más escasas son las personas que lo comprenden.
Realizó su tiro, dejando la bola en
el borde de la buchaca, a un simple rozón de caer.
—El sonido del riachuelo, el canto
de los murciélagos e insectos, el viento y la oscuridad tenebrosa en la
vegetación, la imaginación de que hay algo más que solo uno mismo en esta
pequeña parte de la jungla. Eso te llena de adrenalina, una mezcla de temor con
el gozo de la seguridad en uno de los mejores juegos que se hayan inventado. —Reflexionó
el humano, hablando más consigo mismo que con la masa nubosa.
—Ese es el motivo por el que siga
aquí. Elegí este espacio como mi hogar y algún día harás lo mismo —le respondió
el ser.
Justo eso último era lo que estaba
pensando la persona. Se sorprendió de lo bien que congeniaban los dos.
La neblina blanca se le acercó para
hacer el tiro y ponerle fin al juego. Le sonrió. Tenía una barba que no había
percibido, una apariencia muy similar a los gustos de él, de su forma de
vestir, incluso se parecían físicamente, era como si fuera él mismo dentro de
varios años.
Un tiro perfecto y el sonido ahogado
de la naturaleza. La paz se podía respirar.
—Un muy buen juego —dijo la neblina.
—Claro que sí, no quedé tan mal.
—Para nada. Pide un café, eso es lo
mejor para la noche.
—Era lo que estaba pensando,
¿tomarás uno?
—Sin azúcar y bien cargado.
—Igual que yo. ¿Un termo grande y
dos tazas?
—Tú lo has dicho. —La bruma empezó a
acomodar las bolas para el siguiente juego. Lo hacía exactamente igual que la
persona, siguiendo el mismo orden y rutina.
En una de las mesas había una jarra
térmica con café y dos pequeñas tazas blancas, no se dio cuenta de cuando lo
llevaron. Se sirvió en una y luego a su compañero que se lo agradeció. Movió
dos sillas a los lados para descansar y saborear aquel elixir mientras esperaba
su turno.
—Es mi lugar favorito, podría estar
aquí toda la noche, durante toda la vida —expresó. A pesar de haber perdido,
estaba muy feliz.
—Y puedes, aquí tienes con quien
jugar. —Se encontraba sentado a su lado, poniéndole tiza a su taco.
—Te toca empezar.
Su compañero se levantó y preparó el
tiro. Le gustaba mucho aquella situación. Era todo lo que podría desear, estar
con aquel fantasma que parecía tan familiar y similar a él.
Entre los ruidos de la naturaleza y
el viento frío que alzaba la brisa del riachuelo, escuchó el sonoro golpe de
las bolas al chocar. Probó su café, estaba perfecto como aquel ambiente en el
que se encontraba.
Se paró, era su turno para una
segunda partida de billar en una noche maravillosa y perfecta.
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