Después de muchos años por fin fue mayor de edad, tenía una madurez emocional muy superior a la de sus compañeros, por tal motivo, no tuvo dificultad para conversar con el que podría ser el último tema de su abuelo, su último secreto antes de perecer.
Uno apenas superior a veinte años y el otro llegando a los noventa. Ambos se encontraron en la azotea de la casa del mayor.
—Oh, veo que has venido —dijo el abuelo—. Me gusta fumar aquí arriba, es una de las últimas actividades que puedo hacer libremente. Casi todos quieren estarme cuidando, ¡como si no fuera lo suficientemente mayor para cuidarme a mí mismo!
—Te entiendo abuelo, me pasa justo lo contrario, todos quieren cuidar de mi porque me consideran todavía muy menor.
—Sería bueno darnos un tiempo nosotros dos —el abuelo lo volteó a ver mientras despedía una bocanada de humo—. Ven, acércate. Quiero contarte algo. Siento que no me queda mucho tiempo de vida y ahí una cuestión muy importante que esta carcomiéndome la cabeza. ¿Sabes por qué me gusta venir a fumar a aquí arriba? —el nieto sabía que la respuesta no sería tan sencillo como que su familiar quería estar solo.
—¿Para poder concentrarte en tus pensamientos sin que nadie te esté presionando?
—Algo así hijo mío, aún eres muy chico, pero no lo suficiente, así como yo no soy tan mayor —hizo una pausa, tosió y volteó al frente. Se notaba ensimismado—. Verás, hay una historia que he ocultado por muchos años, siento que tu abuela ya la ha olvidado. Nunca hemos hablado del tema.
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Años después de la muerte de los abuelos, el joven asistió a un evento familiar, el cumpleaños de una tía. Extrañamente había más personas de las usuales.
—Hola ahijado. ¿Cómo les fue de camino?
—Muy bien tía. ¡Feliz cumpleaños! —le entregó una pequeña caja adornada para la ocasión.
—Muchas gracias, no era necesario. Pasa, pasa, todavía hay algunos que no han llegado y quiero darles la bienvenidas. Te puedes llevar mi regalo a la habitación, por favor.
—Claro que sí, ¿faltan muchos?
—No, solo estamos nosotros y una familia lejana, entra para que se conozcan.
El joven llegó a la habitación y encontró a una mujer de unos cuantos años mayor que él.
—Hola —dudó un momento y luego le estrechó la mano. Ella le devolvió el gesto—. Me llamó Marcelo. ¿Eres Andrea? —esa pregunta se le escapó, era idéntica a la descripción del relato que años atrás le había contado su abuelo.
—Sí... ¿Cómo lo sabes? —su cara mostraba mucha intriga.
—Verás, hay una historia muy larga. Quiero platicar de eso contigo, a solas, sin tu mamá.
—Está bien. ¿Qué sucede? —había ansiedad en su voz.
—Antes que nada, quiero decirte que ahora somos familia.
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