Los podían encontrar en el mismo lugar, casi a diario se dirigían a su distintivo espacio para platicar de cualquier tema, especialmente de la vida. Si uno se detenía lo suficiente, lograba escuchar historias de lo más interesantes.
Dos de
ellos estaban sentados en una banca, a sus espaldas tenían unos árboles que
formaban parte del parque de la plaza central de aquella pequeña ciudad. Frente
a los ancianos, que descansaban, había una antigua y rustica construcción
escarpada de manera rudimentaria, se trataba de una especie de banco largo al
ras del suelo, el respaldo creaba un precipicio en el camino, si uno andaba
distraído fácil podía tropezarse con este pseudo escalón, cayendo en lo que se
suponía era una gradilla para esperar el camión, un sitio extinto que figuraba
para que los transeúntes se pudieran sentar a la espera.
Ya nadie
usaba ese espacio de piedra, era muy duro y se manchaba con facilidad,
especialmente a lo largo del tiempo con los gases de los autos y los camiones
que pasaban por la ruta. Actualmente ya no era un paradero oficial, a pesar de
que había tenido esa función durante varios años. Lo dejaron como una especie
de monumento el cual no tenía mantenimiento y solamente lo utilizaba un anciano
solitario, bastante gruñón.
El
pueblo comenzó la modernización, pues construyeron los típicos bancos que se
encuentra en la mayoría de las plazas centrales. Conformado de metal, pintado
en ocasiones de verde o negro, con sus manchas deslavadas y algunos signos de
vejez.
La única
forma de llegar a la anterior escalinata de piedra, de una forma en teoría
segura, era dirigirse por un costado de la plaza, justo por donde circulan los
vehículos, y así poder sentarse en ese espacio incrustado en la falda del
parque. En cierto sentido peligroso, a pesar de que los autos pasaban a una
distancia considerable, todavía estaban lo bastante cerca como para provocar un
accidente.
Por
alguna extraña razón, solamente un anciano continuaba yendo a aquel sitio a
descansar. Todos los días caminaba desde su casa, llegaba a la plaza y tomaba
la lateral que iba disminuyendo en pendiente hasta llegar a una altura que casi
no le permitía ver la superficie del parque; para luego sentarse y comenzar sus
quejas con los otros viejos que estaban a su espalda, en el banco ordinario de
metal.
Solo se
le asomaba la cabeza, parecía que del suelo sobresaliera parte de un
hombrecillo enterrado. Los citadinos ya estaban acostumbrados a su necedad, a
pesar de que le decían que podía ser peligroso, él maldecía e insultaba,
alejando los buenos deseos ajenos.
Los ancianos
de la banca corriente solían llegar más tarde, casi una hora después, sin
embargo, también se retiraban antes, justo en el ocaso. Pocos tenían tanta
insistencia en permanecer en ese lugar como el solitario vetusto, que solo se
levantaba para ir al baño y comer, pues su casa quedaba relativamente cerca y
estaba fastidiado de permanecer en ella, sin hacer nada.
Cuando
ninguno se estaba quejando, veían los camiones y peatones, eso les daba tema de
conversación.
—Que feo
visten, antes era mejor, ¿qué es eso?, en mis tiempos…
En una
de esas ocasiones, cuando más intensa estaba la plática, un vendedor de
periódicos pudo escuchar prácticamente toda la conversación. Era un día con
pocos transeúntes, hacía ya más de dos horas que debió haberse ido, pero estaba
tan enfrascado en lo que decían, que siguió oyendo atentamente, sin poder creer
lo que sucedía. Juraría que era la primera vez que los tres ancianos se
quedaban juntos tan tarde, pues ya había oscurecido.
Por
motivos propios decidió irse, era muy superficial y le entró el miedo.
Cuenta
que seguido podía ver que Pedro, así le llamó al anciano solitario que todavía
usaba ese lugar peligroso, se sentaba con los primeros rayos del sol. Comiendo
todavía, con una mirada furiosa desde temprano, vigilando a los que pasaban por
ahí, como una lombriz cuidándose de las gallinas que pisan la superficie.
Refunfuñaba para sus adentros, aunque de una manera poco silenciosa, no sabía
si no se daba cuenta o si buscaba crear problemas.
Algunos
clientes le preguntaban al periodiquero si ese señor se encontraba bien de la
cabeza o tenía problemas con la vida. Muchos se debatían entre tenerle
vergüenza o lastima. Los que se acercaban a ayudar de alguna manera, eran
rápidamente rechazados con malos tratos.
Los
otros dos viejos siempre eran muy simpáticos, como si fueran los dos polos
opuestos a ese anciano rencoroso, se mostraban alegres a su manera, a pesar de
quejarse de varios aspectos. Comportándose amables con los demás, evitaban los
insultos y, si podían, eran serviciales. En varias situaciones interferían con
los pobres viajantes que mostraron su apoyo al solitario, diciendo que no tenía
caso tratar de ayudar a una roca.
Algunos
pueblerinos consideraban al anciano terco como una especie de ser ancestral y
pétreo que solicitaba finalmente impregnarse en la piedra, esperando durante
años en ese lugar para fundirse con la banca y que la plaza vuelva a estar
simétrica sin el escalón hacia la calle.
El vetusto
pétreo recitaba todo su vocabulario de insultos hacia sus compañeros, les
gritaba y manoteaba de mil formas diversas. A pesar de sus diferencias, seguían
siempre unidos, día tras día. La misma historia de siempre.
A veces
el vendedor de periódicos se entretenía con sus pleitos, pero en ocasiones
sentía vergüenza de lo que sucedía. La noche en que prácticamente salió
corriendo, fue aquella en la que los tres personajes duraron más tiempo.
—¡¿Qué
quieren?! —gritó el anciano que asomaba su cabeza casi a ras del piso.
—Nada
hombre, ¿qué no puedes estar tranquilo ni un momento? —respondió uno de los
viejos desde la banca en el parque.
—A
ustedes que, es mi vida, hago con ella lo que quiera.
—No
tienes que ser tan neurótico.
—Me
viene lo que quieras. Así soy y punto.
—¿Qué no
tienes familia?
—Sí, un
hijo —se giró para darles la espalda, más bien, la nuca a los otros dos viejos.
—¿Dónde
está?
—¿Para
qué quieren saberlo?, ¿qué les importa?
—Vamos
hombre, para saber de ti.
—Sí,
hombre, todos los días estamos aquí peleando y casi no sabemos de ti —continuó
uno de los dos ancianos que estaba en la banca ordinaria.
—Pues
que quieren saber, ya saben que soy viejo, lo demás le viene igual.
—Tal vez
por eso estás tan amargado.
—¿Y a
ustedes qué?, ¿no tienen familia?, ¿eh? —Pedro, el anciano solitario los volteó
a ver, manoteando con la mano izquierda, como si con eso fueran más graves sus
palabras.
—No me
lo creerías si te lo dijera —respondió el de la izquierda.
—Pues
dímelo, venga. Capaz y te creo.
—Mi hijo
fue camionero, hace mucho tiempo. Sirvió en este mismo pueblo cuando todavía
era pequeño. Todos los días lo podías ver por este lugar, aquí era donde lo
esperaba para irme a trabajar, verás, soy de campo y me quedaba lejos mi casa,
así que me iba con mi hijo para ir la cosecha.
—Aja,
sí, camionero.
—Es
verdad —continuó el mismo anciano que había comenzado la plática—, yo no sabía
mucho de letras y cosas esas, apenas y podía leer mi nombre. Así que lo mío era
la tierra. Poder cultivarla era lo que me hacía feliz.
>>Mi
hijo pudo terminar la primaria, por suerte se hizo camionero. Pasaba todos los
días por las rancherías que hay en los alrededores, así que aprovechaba para
irme con él muy temprano. Antes tenía que ir caminando y me calaban los huesos,
yo creo que por eso estoy tanto tiempo sentado.
—Yo no
tengo esas dolencias —refunfuño el que se encontraba en el banco de piedra.
—Que
bueno hombre, es horrible.
—Bien,
sigue la historia, ¿qué fue de tu hijo?
—Claro.
Pasó el tiempo, yo cada vez estaba más cansado y ya no aguantaba la vida del campo,
así que me quedaba sentado a la espera del camión, justo donde tú estás, pues
antes no estaba esta banca.
—Sí lo
sé, soy viejo, lo recuerdo todo —le reprochó.
—Bueno,
me quedaba ahí esperando el camión, el frío mermaba en mí. A veces me
despertaba el claxon del camión para llevarme, solo que ya no tenía las fuerzas
y mis piernas no se levantaban, mi espíritu resistía, aunque mi cuerpo ya
estaba muy dolido.
—Te
entiendo, es atroz ser un inútil.
—Dejé el
campo y vendí las tierras, con eso me mantendría el resto de mi vida. Como en
mi casa me aburría mucho, me quedaba aquí sentado, justo donde estás…
—Sí, ya
dijiste eso, continúa anciano —lo regañó el viejo Pedro.
—Ya,
está bien. Me quedaba ahí sentado esperando a mi hijo, me gustaba verlo pasar,
saber que continuaba con su vida, que era feliz y que no tenía que pasar por
los martirios míos.
—¿A poco
estabas despierto? —se burló el anciano solitario, Pedro.
—Me
avergüenza admitir que no siempre fue así.
—Sí, así
es. A veces estaba dormitando en ese lugar y en varias ocasiones casi lo
atropellan cuando se despabilaba sin saber en donde estaba —intervino el
compañero de banca, el de la derecha.
—¿Tú
también tienes familia, anciano?
—Sí,
pero dejemos que termine la historia.
—Bien,
pues dale, que tengo prisa.
—La
parca puede esperar. ¿Dónde estaba?, oh sí. El ayuntamiento mandó a hacer esta
banca de metal, así que me mudé a ella para poder ver a mi hijo en su trayecto
y decirle adiós cuando lo veía pasar —siguió la historia el viejo de la
izquierda.
—¿Era
seguido?
—No,
pero valía la pena verlo ser feliz, cumplir su sueño de una vida digna.
—¿Qué
fue de él?
—Creció,
ya no era un pequeño.
—Ya, eso
es obvio. Si no, no tendría un camión.
—Me
refiero a que tuvo su familia y envejeció, como nosotros.
—¿Murió?
—¡No! Hombre,
que extremista. Él aprendió de su padre. También se queda en una banca a
observar a su familia: mis nietos que ya son adultos y tienen hijos. Ellos
pasean de vez en cuando por aquí y nos saludan.
—¿Y
dónde está tu supuesto hijo?
—Aquí,
soy yo —dijo el otro anciano, el de la derecha.
—¡¿Tú?! Ja,
sí, claro. Y yo soy la reina de Macedonia.
—Es en
serio hombre, él es mi hijo. Yo tengo más de noventa y él va para los setenta.
—¿Y tus
nietos y bisnietos?... ¿y toda la bola de familiares que andan por aquí?
—Pues
cada uno tiene su vida, mis nietos tiene casi cuarenta.
—Sí, y
mis nietos ya van a la escuela —confirmó el hijo.
—Vaya,
entonces soy el más viejo —el periodiquero se sorprendió al escucharlo.
—¿Qué
edad tienes? —dijo el mayor de los ancianos en la banca de metal.
—Prácticamente
cien.
—Te
encuentras muy bien para tu edad.
—No,
para nada… mi hijo, él es quien me preocupa.
—¿Qué
tiene?
—Me
tiene preocupado, es… digamos, no lo aceptan.
—¿Quién
no lo acepta?
—La
gente, nos consideran, bueno, ya vez como me tratan a mí —el viejo de más edad
se tocó las yemas de los dedos después de hablar.
—Tal vez
si no fueran tan grosero, las personas serían más amables.
—Me
vienen las personas, que hagan con su vida lo que quieran y me dejen tranquilo.
—¿Qué no
tienes paz en tu corazón?
—Que paz
ni que nada, esas son tonterías.
—Siempre
estás enojado —continuó el anciano de la derecha, el menor de todos.
—Y
ustedes siempre felices —hizo otro tono de voz, como si se burlara.
—Pues
sí, la vida nos ha tratado bien —siguió la plática el viejo de la izquierda,
era el que más conversaba con aquel sujeto necio de la banca de piedra.
—A
ustedes, para mí ha sido como si hubiera nacido en unas heces. La gente me
rehúye, nadie me quiere, me temen… me tienen miedo por ser quién soy.
—Podrías
cambiar hombre, con lo que te queda de vida, tal vez podrías irte tranquilo.
—Irme…
irme… para volver otra vez a ser un ser repulsivo e incomprendido.
—Venga,
¿cuál es el problema?, ¿por qué tan testarudo?
—Ya les
dije, ¿son tontos?, es por mi hijo.
—¿Se
alejó de ti?
—No
—dijo en un tono triste, otra vez se volteó a ver hacia los vehículos—. Yo me
alejé de él, creí que de esa manera le podía dar una vida tranquila, pero… lo
único que logré fue que no lo reconocieran como mi descendencia.
—Venga,
habla claro, ¿a qué te refieres?, ¿por qué no vuelves con él?
—¿Qué
quieren?, ¿a ustedes qué les importa?, ¿de qué les viene?
—Queremos
saber hombre, todos los días te vemos aquí sentado, enojado con la vida.
—Ese es
mi problema.
—Te podemos
ayudar.
—Ustedes
son el principal problema.
—¿Nosotros?,
pero si no te hacemos nada.
—No,
pero por su culpa, yo soy el malo.
—Tal vez
si fueras menos hostil...
—¿Ustedes
a qué les viene? —lo interrumpió—. Tan fácil que ha sido su vida… ay sí, un
simple campesino que ve a su hijo ser camionero y crecer en esta vida tan
magnifica y maravillosa. Pamplinas, no son más que charlatanearías sin sentido.
Nunca sabrán lo que es el sufrimiento, ser el enemigo, aquel que todos
repudian, que no pueden ayudar porque es una espina en el zapato, un… una caca
en el camino, lo peor de la historia.
—No
exageres hombre, no es para tanto.
—No
saben lo que es salir de casa cuando llueve, porque se mete el agua y tengas
que correr para que tu hijo no se moje y se muera de una enfermedad. Abrir la
puerta y quedarse atorado en una roca, sosteniendo a tu criatura bajo en la
penumbra, luchar contra la naturaleza, perder el único calzado que tenías,
lastimándote en el trayecto, para que cuando al fin te liberas de esa roca
lodosa y de la corriente, pase un camión y te empape por completo, dejando una
sensación pegajosa en todo el cuerpo, con un frío que no cala en los huesos,
sino que se impregna en ellos, quedándose ahí para toda la vida. Con un pequeño
que no sabes si sobrevivirá. Correr por las calles pidiendo ayuda, con tu hijo
de meses que no hace ruidos ni parece respirar, una desesperación tremenda.
Para llegar al hospital y que me nieguen el acceso, que me digan que no se
puede hacer nada, que lamentan mi situación, pero que mi hijo no podrá llegar a
ningún lado, que no importa lo que se haga, está más allá de ellos. Que es un
caso perdido. Todo por una roca que algún auto soltó al pasar, que debió haber
estado fija en el suelo, pero que se desprendió con esas maquinas del demonio.
Eso… eso es justo lo que detesto de la vida —estaba totalmente exaltado, movía
los brazos lo más que su cuerpo le permitía.
—Creo
que te entiendo.
—No, no
lo entiendes, no tienes ni un poco idea. La gente no sabe quién soy y no me
relacionan con mi hijo. Si lo supieran… si tan solo conocieran de su
existencia, estaría condenado, así como lo estoy yo.
—Fue tu
decisión —esa frase no la entendió el periodiquero que escuchaba a lo lejos y
que no participaba en la conversación.
—Me
viene lo que digas, como tú eres el más querido de todos. Ahí sí, ahí viene
papá, estamos a salvo.
—Yo
busco ayudar a la humanidad.
—Pues yo
no. Los detesto, ellos me abandonaron, no aceptan mi naturaleza.
—¿Cómo
quieres que te acepten si te comportas así?
—Pues
como a cualquiera, no por ser el malo tengo que ser rechazado.
—A la
gente le puedes dar miedo.
—Me
viene que les de miedo, yo hago lo que quiero, mientras ustedes sigan aquí, yo
existiré. Por mí sigue este lugar. Por mí, la obstinación no morirá jamás.
—¿Qué
fue de tu hijo?
—Oh, esa
es una buena pregunta —rio el anciano que estaba en la banca del piso de la
plaza—. Le gusta la lluvia, ¿saben?, ya no tarda en llegar, ahí vienen las
nubes.
—No es
necesario que sean tan crueles —dijo el menos viejo de todos.
—El
mundo no tendría sentido sin nosotros, a pesar de que ustedes sean los
queridos, nosotros somos esenciales.
—Así es.
Sin nosotros, ustedes no serían nada, tan solo un punto en el infinito sin
sentido alguno, nos necesitan, somo indispensables. El polo opuesto que forma
el matiz inseparable para la vida —dijo una figura que venía de la oscuridad,
parecía que las nubes lo seguían en lo alto.
La
lluvia comenzó de repente, con mucha intensidad.
—¿Será
una noche pesada?, ¿eh? —dijo el anciano de mayor edad, los ojos le brillaban en
la penumbra, su blancos cabellos colgaban mojados sobre la cabeza.
—Tienes
toda la razón —confirmó el enigmático sujeto, para después dirigirse hacía el
par de ancianos familiares—. Quédense, disfruten del espectáculo, está noche
nos pertenece.
—Mañana
será nuestro —dijo con un tono de recelo el de la izquierda.
—Lo que
digan. Hoy crearemos lodo, tal vez alguien se atoré en una roca… —aquella
figura extraña parecía divertirse, se notaba maldad en su voz.
El
periodiquero no cerró bien el puesto, ni terminó de escuchar la plática, salió
corriendo despavorido. Al siguiente día no se atrevió a regresar, tuvo que
esperan más de una semana para poder contar la historia.
Ninguno
de los ancianos se ha vuelto a aparecer. Se dice que el cuarto personaje era
joven, sumamente hermoso, con un cabello muy oscuro y lacio, tenía una piel demasiado
clara y un semblante de confianza, como si supiera que su presencia impone
respeto en los mortales.
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