La propiedad estaba en venta. Decidió ir a darle un vistazo antes de que ya no pudiera volver jamás, cuando los nuevos dueños le prohibieran el acceso, algo que sin duda quedaba claro, al igual que el hecho de que derrumbarían esa antigua construcción para hacer algo más rentable y no un mero sitio con mucho potencial sin usar.
Ya casi
no había muebles, como si la hubieran desnudado por dentro, quitado la esencia
y dejado solamente los residuos más simples. Se veía triste el lugar, ya no era
un hogar, ahora formaba parte de un terreno casi baldío a punto de ser
reconfigurado. A pesar de su enorme tamaño, prácticamente todo permanecía yermo
en las inmediaciones, dejando una especie de huella perdurable en la gran mancha
urbana que continúa creciendo. Debido al sitio en el que se encuentra, la
habían bordeado y construido un circuito, creando parte de una rotonda
gigantesca a la que era difícil acceder. Carecía de vecinos y se le considera
un terreno que estorbaba más que ser de utilidad. Bastante ruido de autos,
antes el sitio estaba remoto y bastante despoblado, pero ahora se encuentra en
el bullicio de la salida de la ciudad.
Ya no
podían continuar con ese lugar, el dueño había muerto y la descendencia no
quería seguir su lucha por ese espacio, les parecía algo humillante y cansado
el estar peleando con el gobierno por los derechos del suelo.
Una
empresa privada se iba a hacer cargo de todo. Según tenía entendido, sería una
especie de hotel, centro comercial y atractivo turístico en medio de la rotonda
del cruce circular de caminos, a las afueras de la ciudad. Era una estrategia
arriesgada, pero parecía que querían hacerla funcionar.
Su primo
lo esperaba en la entrada, le dio un espacio para que pudiera recorrer todo el
recinto por sí mismo, en solitario; mientras él se quedaba afuera esperando a
los funcionarios para continuar con el trámite.
Rara
veces había ido ahí, prácticamente desconocía el lugar. Le parecía que se
estaba perdiendo una gran oportunidad, pero él no tenía ningún derecho sobre el
sitio, los encargados eran sus primos y debía de respetar sus deseos. Lo más
que podría hacer, sería tratar de convencerlos para que no tumbaran tanta
historia que se había forjado en la zona, pues ya hasta era conocida el área
como la mansión abandonada, en cierto sentido, lo estaba. Su tío no se
preocupaba mucho por el lugar, lo dejaba a la decidía, totalmente descuidado.
El
familiar había hecho un trabajo espectacular al restaurar lo más que pudo, forjando
un verde muy bello en los patios y colgando una pintura elegante en la fachada,
impidiendo ver el deterioro que por muchos años había habitado junto a las
arañas y demás bichos oportunistas.
Le
parecía un sitio deplorable, muy triste. Como si el alma de su tío siguiera
ahí, esperando el final de los tiempos, para hundirse con su barco. Fiel a su
estilo de vida que ahora iba a ser transgredido con los cambios culturales de
la sociedad.
Mientras
caminaba por los alrededores, pensaba en toda la historia que podía tener el
edificio, no se atrevía a entrar todavía, prefería rodear y ver por las
ventanas con cristales semi opacos. Percibía algunas imperfecciones en el
interior, como grietas minúsculas, telarañas y bastante polvo en el alféizar. Se
le figuraba que en esos espacios todavía se resguardaba el fantasma impoluto de
su familiar, obligándose a permanecer por la eternidad escondido en los
espacios que aún eran suyos, negándose al cambio, a una trascendencia. Era algo
sumamente triste.
Por
dentro estaba casi abandonado, en el sentido de que no había más que paredes y
un piano que se vendería junto a la mansión, pues nadie lo quería y ni siquiera
hicieron el intento de sacarlo. Se le figuraba una iglesia con un pequeño
órgano solitario, exigiendo ser usado una última vez antes de su muerte.
Desafortunadamente
el cuerpo humano de su tío no fue lo suficientemente durable como para
continuar con la tradición inmóvil que había sellado el tiempo dentro del
inmueble, aunque el alma había tenido bastante lapso como para impregnarse en
los pequeños detalles que nadie puede percibir y que se quedarán para el
recuerdo, postergándose como una huella imborrable.
A pesar
de los grandes cristales de la entrada principal, la luz no iluminaba con mucha
claridad el interior, como si se negara a entrar, dejando que dominaran las
penumbras que ahora se adueñaban del recinto, sentadas en el piano, tocando una
melodía que solo las arañas podían disfrutar.
—¿Sabes
cuál es el problema?, primo —su voz lo sorprendió.
—No,
¿cuál es? —respondió tratando de salir de su ensimismamiento.
—El
sitio es demasiado grande, lo debieron haber derrumbado hace muchos años, al
menos segmentado para evitar esta situación, pero ahora, ve nada más el lugar —señaló
el interior y luego hizo un ademán para referirse al patio central—. Solo
quedan los recuerdos de mi infancia, el lugar abandonado por mi padre.
—Es un
sitio muy bonito y grande.
—Sí, un
lugar ideal si lo que buscas es estar solo.
—¿No te
gusta?
—No,
para nada, es tan grande, tan… distanciador. La casa es un laberinto en donde
mi padre nos podía perder y no le importaba. Corríamos por todas partes. Todo
este terreno gigantesco era nuestra propiedad, pero se nutría de un alma.
—¿De qué
hablas?
—Todo
este tiempo ha necesitado de una persona para mantenerse, aunque fuera en las
peores condiciones, y así poder sobrevivir a los años. Al final se llevó a mi
padre, por eso es por lo que ya no lo quiero más, porque necesita de un
sacrificio para continuar funcionando.
—Tal vez
podrían remodelarlo, dividirlo y darle una nueva vida. Probablemente es lo que
mi tío siempre quiso, pero que nunca tuvo la energía para hacer.
—No,
para nada, no quiero eso. Ya me ha arrebatado bastante y ahora hay un nuevo
problema.
Voltearon
a ver el recinto, tan absurdamente grande, con campos enormes y poco decorados.
El patio frontal a la entrada amplia de cristal estaba bordeado por unos
adecuados ladrillos que servían como camino perimetral, bien podría funcionar
ese lugar como un centro deportivo. Era una verdadera pena perder todo eso.
Tal vez
la casa les estaba inyectando la ambición, aquella que le carcomió toda la vida
a su pariente.
—¿Cuánto
dijiste que cuesta? —le preguntó a su primo, como si adivinara que la
dificultad tenía que ver con el precio.
—He ahí
el dilema, es demasiado cara. El costo supone un problema mayúsculo, no solo a
corto plazo, sino también a futuro, pero es el mejor camino por seguir. A pesar
de todo, sigue siendo un obstáculo en la familia.
—Tal vez
eso indica que no debe de ser vendida.
—¿Sabes
cuánto es la suma cotizada? —inquirió el primo sin hacer caso a su argumento.
—No sé,
¿varios millones?
—El
valor supera los 16 millones.
Era un
precio muy elevado, especialmente por lo poco y deteriorado que tenía
construido en relación con todo el espacio que había. Probablemente fuera tan
alto porque albergaba algo más, un asomo intangible.
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